martes, 22 de mayo de 2007

MURDER & NUMBERS

-Tomemos como ejemplo a Angulo. Angulo tiene el poder de aparecerse en sueños a la gente y les amenaza con contar sus secretos. Pero como deben de haber deidades mas listas que él, lo han castigado a vivir enterrado en papeles y más papeles. Y el tío anda todo el día acojonado por qué no llega.
-No llega a que.
-A los visados.
-Ah.
-El tío va tan perdido que se ha formado una especie de cueva con papel mojado. Y no es que tenga humedad en la mesa, lo que pasa es que por adelantar se mea encima de los documentos para no perder el tiempo dejando el meo en lugar adecuado. Huele mal ahí dentro, tanto que el tío se marea por el olor a guarro que hace, poniéndose de mala leche y se envalentona y se aparece en los sueños que no debe jodiendo una polución nocturna, y la factura de un restaurante se traspapela y todo se va al pedo. Pero a él le va todo eso, que al cabrón le gustan las anguilas que comen mierda y están rellenas de mierda y que se rozan con la mierda y con patos resecos y asquerosos.
-Que asco de tío. ¿Y que pasa con él?
-Que se pudre de la envidia por qué el despacho de al lado lo ocupa un tío que es muy serio-trabajador-responsable y que cuando está hasta arriba se le aparecen tías celebrando el Mardi Gras, trémulas y sudorosas, que susurrantes le suplican que les regale un collar; el tipo desconecta un rato y se relaja todo feliz.
-Collares de perlas.
-Naturales.
-Un tipo con suerte.
-Sip.
-Que se joda Angulo.
-Que se joda.
Y Angulo se jodió.

CABRONA FLORECILLA DE MAYO

Solo me pongo bikini si me lo eliges tú.

Solo me emborracho con tus rebujitos.

Solo me dejo atacar por tus rayos láser.

Solo contigo me iría de Pacaciones.

Por ser el vídeo guarro más descargado de la red.

Por el marido-de-la-vecina-de-la-caseta. Sus días son mejores desde entonces.

Por Jennifer y Vanessa.


Y por la gitana del cesto que le dejó elegir a tu madre.


Feliz cumpleaños.

viernes, 4 de mayo de 2007

HERTZIO ( y III )

Desde que parió al pequeño Hortensio, algo dentro de ella se había despertado. Gabriela sentía miedo por su hijo, y le horrorizaba que él fuese víctima de las humillaciones a las que a ella habían sometido.

Vivía prácticamente aislada. No se relacionaba con nadie; la gente la tomaba por loca.
Poco a poco fue perdiendo la razón.

Hortensio resultó ser un niño muy aplicado en los estudios. No le costaba ningún esfuerzo aprender las lecciones, dibujaba maravillosamente y era un genio de la aritmética. No tenía demasiados amiguitos, pero es que los niños de su edad solo jugaban a fútbol y a pelear. A él le gustaba más escuchar el correr del agua y el paso del viento entre las hojas.

Cuando cumplió diez años, el deterioro de su madre era patente. Empezaba a estar siempre de mal humor, y no era precisamente buena compañía. En aquella época, y para huir de la triste realidad familiar, a Hortensio le gustaba pasar el tiempo rondando por donde Arístides Timonel.

Arístides Timonel era el dueño de la ferretería del pueblo. La ilusión de su padre es que hubiese sido veterinario y así hacerse cargo de las bestias de los establos, pero al pobre la cercanía de cualquier animal le producía picores y molestias.
-Este muchacho solo puede tocar pelo de mujer- se lamentaba su padre cuando aún vivía. Y él solo soñaba con acariciar el pelo de Gabriela. Pero es algo que hoy no contaré.

El Sr. Timonel era muy profesional y serio en lo suyo. Para dar más servicio al pueblo, además de cacharros y martillos, empezó a vender pequeños electrodomésticos para el hogar. Y ofreció la posibilidad de pagar a la raya: eso le aseguró una buena clientela y unos ingresos fijos.
El negocio fue prosperando, y con el tiempo, puso en su escaparate un hermoso televisor a color. A Hortensio le fascinada ver a esas pequeñas figuras dentro de la caja. No alcanzaba a entender como los tramoyistas cambiaban tan rápido los escenarios. Y en un lugar tan pequeño, ¿dónde lo guardaban todo?

Al principio, Hortensio se quedaba en la otra parte de la calle intentando atisbar lo que ocurría dentro de la tienda. En los ratos en los que no entraba ningún cliente, veía como el Sr. Timonel desaparecía detrás de la cortina del mostrador. Imaginaba que era una cueva llena de tesoros y de secretos. Hortensio era curioso, y esa misma curiosidad tiraba de él poderosamente y hacía que cada vez se acercara más a la tienda.

El Sr. Timonel mataba las horas en las que no había clientes en la trastienda. Al principio ordenaba el material y las piezas, guardaba albaranes y ponía las cuentas al día, pero eso no era lo que realmente le gustaba. A Arístides lo que realmente le gustaba eran las emisoras. Poder hablar con gente de otros países en códigos extraños, intercambiar QSL e incluso fijar alguna que otra cita con gente de la ciudad. A veces pensaba que ese era su mundo, y su Second Life la vida en el pueblo y la ferretería.

Sabía que Hortensio siempre andaba cerca. Le recordaba tantísimo a Gabriela… tenía sus mismos ojos grandes y curiosos, el pelo alborotado y las manos pequeñas. Diríase que era de una concepción perfecta ese niño, que solo tenía madre, como si la hubieran Anunciado. No podía evitar quererlo: era una prolongación de Ella. Y como era tan parecido a Gabriela, tenía miedo de decirle nada, no fuera a espantarlo; así que dejaba la puerta de la tienda entornada, la radio puesta y chocolatinas en el mostrador.
La trampa para el ratoncillo ya estaba puesta.
Tardó tres semanas en picar.

-Breiko.
Hortensio entró despacito en la tienda.
-…estación …QTH…
Hortensio ya estaba en la cortina.
-…por baja…
Y de repente el Sr. Timonel se giró, y sonriendo, invitó a pasar a Hortensio.
-Tú eres Hortensio el de Gabriela, ¿no?- Le dijo como si no supiera quien era.
-Si señor…-el pobre niño estaba asustadísimo, pero no podía dejar de mirar la emisora. Le había costado mucho imaginar todo lo que ocurría dentro del televisor del escaparate, y hasta entendía que así podía ser, que al fin y al cabo eran personas muy pequeñitas y el televisor muy grande. Pero, ¿cómo podía haber gente metida en esa caja cuadrada tan pequeña que le contestaba al Sr. Timonel?
-Las voces vienen de fuera, Hortensio.
-¿De la montaña?
-De más arriba: de las antenas. Y algunas antenas envían señales al espacio.
-¿Qué hay en el espacio?
- Que preguntas… en el espacio están las estrellas, y los planetas.
-¿Y los marcianos?
- Y los marcianos.
-¿Y cuando pides un deseo a una estrella fugaz son los marcianos los que hacen las cosas? Mi madre dice que las cosas las hacen las hadas buenas, y cuando pierdes algo y no lo encuentras, ha sido una hada mala quien se lo ha llevado.
-Tú madre es la reina de las hadas. Es el hada más buena.
-Ya lo se,-dijo con decisión Hortensio.
-Yo también lo se,- dijo con tristeza el Sr. Timonel.

Hortensio se sentía cómodo en la tienda. Todas las tardes, al salir de la escuela, primero pasaba por casa a recoger la merienda y darle un beso a su hada-madre, para luego correr calle abajo y llegarse a la cueva de los tesoros del Sr. Timonel. Nada más llegar, le contaba a su amigo lo ocurrido en la escuela, repasaba con él las lecciones y después le ayudaba a despachar las facturas y la correspondencia. Era lo más parecido a un padre que podría tener, y a su vez, Hortensio era el hijo que el ferretero hubiese querido tener.

Los años pasaban, lentos para unos, rápidos para otros. Pero pasaban. Hortensio pronto cumpliría veinte años, y el Sr. Timonel lo miraba con preocupación. Gabriela había iniciado un viaje sin retorno, y el pobre muchacho lucía unas grandes ojeras por las duras noches pasadas al lado de su enferma madre.
-Hortensio, debes irte de este pueblo. He hablado con el hijo de Don Manuel, el que tiene una imprenta en la ciudad. Te dará trabajo de escribiente.
-No puedo dejar a mi madre.
-Tu madre no estará sola. Yo me encargaré de que esté atendida.
-No puedo.
-Pero debes irte aunque no puedas. El aire de este pueblo te envenena. Y te matará de pena como a tu madre.

Hortensio empezó a preparar la partida. Por consejo del médico, no le dijo nada a su madre. De todas formas ella ya estaba ausente y no le habría entendido.
El mismo día de la marcha, Arístides Timonel le entregó un paquete. Era la emisora que durante tantos años le había conectado con el mundo.
-Hijo, sabes como funciona.
Hortensio sonrío lleno de agradecimiento, y sin poder controlar sus palabras dijo:
-Eres mi padre, mi único padre.
-Desde el mismo día que naciste fuiste mi hijo.
Y Hortensio marchó a la ciudad, y la primera vez que dio su nombre, cambió su segundo apellido por el de Timonel.
Trabajó mucho y bien en la imprenta, y en cuanto encontró su rinconcito en el sótano, conectó la emisora para poder oír los deseos de las personas y notar el ajetreo de las hadas para cumplir con esos sueños humanos.

Y el resto, ya es historia.


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martes, 3 de abril de 2007

PALOMO Y CIGÜEÑA ( II )

A Pete, por la genealogía.
A Fabián, que pasa por horas bajas.
Y, siempre sonriendo, al que ocupó el lugar de Faria, que encuentre de nuevo la salida del Castillo de If.

Don Hortensio se sentía muy feliz con su nueva capacidad para comunicarse con las hadas. Ahora sabía de palabras de hadas buenas, de hadas malas, de hadas traviesas y de hadas especiales. Pero eso ya lo contaré otro día. El hacer nuevos amigos, y el tomar bebidas espirituosas con su vecino, le hizo entender que él realmente no tenía alas escondidas en la espalda, y que los claveles de su pelo no eran más que rizos rebeldes que con los años peinaron canas. Pero el brillo de los ojos persistía, y la estrella de su pecho era cegadora. Si señor, era especial este Don Hortensio.

Nació en un pueblo chiquitito, y muy de pueblo. Hay pueblos que ni son chiquititos ni son de pueblo. El pueblo que refiero es de los que no pasan coches y la gente se sienta a la fresca a celebrar corrillos, no saben casi de ondas hertzianas y van todos juntos a los sepelios.

La madre de Don Hortensio era una señora-mujer-temerosa-de-Dios-y-cargada-de-culpas, que ni eran de ella, ni deberían haberle pesado nunca. Pero hay vergüenzas que ahogan, y al paso de los años, hasta se olvida el motivo. Esto pasa en los pueblos chiquititos y muy de pueblo.

La madre de la madre, y abuela de Don Hortensio, Doña Enebra Orejatiesa, contrajo matrimonio, un poco a empujones, con Don Narciso Veracruz, el último de una estirpe de alcaldes elegidos a dedo. Don Narciso tenía afición por los vegetales, y así se cuidaba él de la huerta y entrepierna de un sinfín de jardines (no más de cincuenta) de la localidad. A Doña Enebra le daba un poco igual, que mientras atendiera otros latifundios, al suyo lo dejaba quieto. Pero como matrimonio cristiano y devoto, había que llevar a la exaltación vital del órgano el malestar de la convivencia y de ello sacar en claro un hijo. Al no nacer varón, sino hembra, Don Narciso perdió todo interés por la familia, y como entretenimiento, dejose llevar por los placeres de la carne, siempre y cuando no fuese carne de su santa esposa pudiendo ser carne ajena. Pero el escándalo estalló cuando fue sorprendido vestido en casa de Don Lirio Flordelis, capellán de la iglesia, con las enaguas de mudar de Doña Enebra, en postura extraña y agitando los brazos.

Doña Enebra no es que pasara demasiada vergüenza: lo veía venir. Conocía de las extravagancias de su esposo, pero no le gustó que se dijese que además de palomo, agitaba las alas como las cigüeñas.
Y como el pueblo muy pueblo tampoco era de su agrado, se compró unas enaguas nuevas y huyó a la capital. Se puso a servir en casa de Don Teleteclo Afflelou, afamado óptico y astrónomo. Jamás se le quemaba un guiso y mantenía relucientes las ollas.
Se rumorea que entre puchero y retirada de mesa, exaltaban con mucha pericia la vitalidad del órgano, y sin molestia de convivencia. Fíjense que cosas.

El pobre bebé no cabía en la vida de nadie. Doña Enebra lo dejó en manos de Margarita la del hostal, capacitada ama de cría, con la intención de no volver a por la criatura.
Margarita era hija de Doña Ascensión, ex-puta y ex-misionera por este orden, y se le llenó la cara de pena y el corazón de avaricia. Le propuso un trato a Don Narciso: que el siguiera dándose alegría y buenos momentos en las tetas de Margarita, y ella recibiría un estipendio por la crianza y gloria de la bebita. A él le encantaban las tetas. Dijo que si.

El bebé se fue criando bien, pero le faltaba un poquitito de amor. Llegada a la adolescencia, empezaron a llamarla, en vez de esa, Gabriela.
Como Gabriela estaba desamparada, era muy fácil de engañar. La preñó un viajante que le dijo que la quería. Ella le preguntó quererme para qué y el dijo bueh, también tienes razón. Gabriela no ocultó el embarazo. Tampoco sabía lo que era. Doña Ascensión la torturaba diciendo que el niño le saldría como su ya difunto padre: palomo y cigüeña. Ella no entendía mucho que quería decir eso, pero le daba tan gran susto que no podía dormir por las noches. Y llegó el parto. Ella pensaba que se partía por dentro, que tenía un cagarro atravesado. Y no. Alumbró a un chiquito muy flaquito y silencioso. De tan flaquito que los omóplatos parecían alas. Ya le salió monstruo. Palomo y cigüeña.

Hagan click aquí: etimología aplicada. No se lo pierdan.

jueves, 29 de marzo de 2007

WIRELESS ( I )

A Una que cocina potaje e invita.
A el señor o señora de la tele que viene todos los días. No deje de venir.
A John Cleese, que sería la leche si me leyera.



De Don Hortensio Veracruz Timonel decían que no tenía muchas luces. Lo decían los de acá, los de allá, y los médicos a los que él iba a visitar. Envidiosos.
Don Hortensio tenía chirivitas en los ojos y claveles en el pelo, y era tan excepcional, que de bien chiquitito le enseñaron a disimular.

-Hortensio, mi bien,- le decía su mamá mientras engañaba con el peinado las flores de su testa- no enseñes tus alas de ángel, que los cazadores te creerán palomo y los campanarios cigüeña.
-Pero mami, yo quiero estirarlas, que de tanto encoger me duele la espalda.
-Hortensio…-decía su madre con un tono de impaciencia, y el pobrecito niño, que también tenía una estrella en el pecho, asentía resignado.

Don Hortensio trabajaba de contable en una imprenta. Le tenían por raro y desmandado, por qué a pesar de las reformas en el negocio, él se empeñaba en trabajar en el sótano. Y no era ni por feo, ni por tonto, ni por raro. Es que allí solo y en la penumbra, podía oír como se reían las hadas y escuchaba inagotable sus cotilleos.

Y pasaban los años, y de escuchar, aprendió idiomas y dialectos. Y de buen lingüista hasta casi se hizo buen conversador. Pero llegaron tiempos modernos cargados de modernas tecnologías, y cada vez le costaba escuchar más a las hadas. Se llenó de desesperanza. Enfermó por dentro, y tanto enfermó que languideció por fuera, y tanto languideció por fuera que se hizo muy flaquito, casi tanto que se confundía con las sábanas y ya un día no se pudo levantar.

Don Hortensio ya casi no quería vivir, pero una noche de mucha luna de grande y blanca, le fue a caer un rayo de luz justo al lado de la cama. Estiró su mano flaquita y no llegaba. Estiró su cuerpo flaquito y no llegaba. Y tuvo que salir de la cama.

-Si es mi último suspiro, que sea de plata.-Y se acercó hasta el lado de la ventana, y se le llenó el cuerpo de hormiguitas y la estrella del pecho se le hizo grande y dorada.
Miró sus manos, y en sus manos le había crecido un libro. Y debía ser un libro de hadas, por qué se escribía solo si lo mirabas.

“Dame tu abrigo, tu bastón y tu sombrero. Puedes sentarte en el diván si quieres.”
-¿Quién eres?
“La pregunta es que soy.”
-¿Qué eres?
“Soy Wireless.”

Y en un plis-plas Don Hortensio se sintió bien, y se hizo muy amigo de Wireless, y se tomaban bebidas espirituosas. Y a veces, Don Hortensio invitaba a su vecino para compartir conocimientos.

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