viernes, 4 de mayo de 2007

HERTZIO ( y III )

Desde que parió al pequeño Hortensio, algo dentro de ella se había despertado. Gabriela sentía miedo por su hijo, y le horrorizaba que él fuese víctima de las humillaciones a las que a ella habían sometido.

Vivía prácticamente aislada. No se relacionaba con nadie; la gente la tomaba por loca.
Poco a poco fue perdiendo la razón.

Hortensio resultó ser un niño muy aplicado en los estudios. No le costaba ningún esfuerzo aprender las lecciones, dibujaba maravillosamente y era un genio de la aritmética. No tenía demasiados amiguitos, pero es que los niños de su edad solo jugaban a fútbol y a pelear. A él le gustaba más escuchar el correr del agua y el paso del viento entre las hojas.

Cuando cumplió diez años, el deterioro de su madre era patente. Empezaba a estar siempre de mal humor, y no era precisamente buena compañía. En aquella época, y para huir de la triste realidad familiar, a Hortensio le gustaba pasar el tiempo rondando por donde Arístides Timonel.

Arístides Timonel era el dueño de la ferretería del pueblo. La ilusión de su padre es que hubiese sido veterinario y así hacerse cargo de las bestias de los establos, pero al pobre la cercanía de cualquier animal le producía picores y molestias.
-Este muchacho solo puede tocar pelo de mujer- se lamentaba su padre cuando aún vivía. Y él solo soñaba con acariciar el pelo de Gabriela. Pero es algo que hoy no contaré.

El Sr. Timonel era muy profesional y serio en lo suyo. Para dar más servicio al pueblo, además de cacharros y martillos, empezó a vender pequeños electrodomésticos para el hogar. Y ofreció la posibilidad de pagar a la raya: eso le aseguró una buena clientela y unos ingresos fijos.
El negocio fue prosperando, y con el tiempo, puso en su escaparate un hermoso televisor a color. A Hortensio le fascinada ver a esas pequeñas figuras dentro de la caja. No alcanzaba a entender como los tramoyistas cambiaban tan rápido los escenarios. Y en un lugar tan pequeño, ¿dónde lo guardaban todo?

Al principio, Hortensio se quedaba en la otra parte de la calle intentando atisbar lo que ocurría dentro de la tienda. En los ratos en los que no entraba ningún cliente, veía como el Sr. Timonel desaparecía detrás de la cortina del mostrador. Imaginaba que era una cueva llena de tesoros y de secretos. Hortensio era curioso, y esa misma curiosidad tiraba de él poderosamente y hacía que cada vez se acercara más a la tienda.

El Sr. Timonel mataba las horas en las que no había clientes en la trastienda. Al principio ordenaba el material y las piezas, guardaba albaranes y ponía las cuentas al día, pero eso no era lo que realmente le gustaba. A Arístides lo que realmente le gustaba eran las emisoras. Poder hablar con gente de otros países en códigos extraños, intercambiar QSL e incluso fijar alguna que otra cita con gente de la ciudad. A veces pensaba que ese era su mundo, y su Second Life la vida en el pueblo y la ferretería.

Sabía que Hortensio siempre andaba cerca. Le recordaba tantísimo a Gabriela… tenía sus mismos ojos grandes y curiosos, el pelo alborotado y las manos pequeñas. Diríase que era de una concepción perfecta ese niño, que solo tenía madre, como si la hubieran Anunciado. No podía evitar quererlo: era una prolongación de Ella. Y como era tan parecido a Gabriela, tenía miedo de decirle nada, no fuera a espantarlo; así que dejaba la puerta de la tienda entornada, la radio puesta y chocolatinas en el mostrador.
La trampa para el ratoncillo ya estaba puesta.
Tardó tres semanas en picar.

-Breiko.
Hortensio entró despacito en la tienda.
-…estación …QTH
Hortensio ya estaba en la cortina.
-…por baja…
Y de repente el Sr. Timonel se giró, y sonriendo, invitó a pasar a Hortensio.
-Tú eres Hortensio el de Gabriela, ¿no?- Le dijo como si no supiera quien era.
-Si señor…-el pobre niño estaba asustadísimo, pero no podía dejar de mirar la emisora. Le había costado mucho imaginar todo lo que ocurría dentro del televisor del escaparate, y hasta entendía que así podía ser, que al fin y al cabo eran personas muy pequeñitas y el televisor muy grande. Pero, ¿cómo podía haber gente metida en esa caja cuadrada tan pequeña que le contestaba al Sr. Timonel?
-Las voces vienen de fuera, Hortensio.
-¿De la montaña?
-De más arriba: de las antenas. Y algunas antenas envían señales al espacio.
-¿Qué hay en el espacio?
- Que preguntas… en el espacio están las estrellas, y los planetas.
-¿Y los marcianos?
- Y los marcianos.
-¿Y cuando pides un deseo a una estrella fugaz son los marcianos los que hacen las cosas? Mi madre dice que las cosas las hacen las hadas buenas, y cuando pierdes algo y no lo encuentras, ha sido una hada mala quien se lo ha llevado.
-Tú madre es la reina de las hadas. Es el hada más buena.
-Ya lo se,-dijo con decisión Hortensio.
-Yo también lo se,- dijo con tristeza el Sr. Timonel.

Hortensio se sentía cómodo en la tienda. Todas las tardes, al salir de la escuela, primero pasaba por casa a recoger la merienda y darle un beso a su hada-madre, para luego correr calle abajo y llegarse a la cueva de los tesoros del Sr. Timonel. Nada más llegar, le contaba a su amigo lo ocurrido en la escuela, repasaba con él las lecciones y después le ayudaba a despachar las facturas y la correspondencia. Era lo más parecido a un padre que podría tener, y a su vez, Hortensio era el hijo que el ferretero hubiese querido tener.

Los años pasaban, lentos para unos, rápidos para otros. Pero pasaban. Hortensio pronto cumpliría veinte años, y el Sr. Timonel lo miraba con preocupación. Gabriela había iniciado un viaje sin retorno, y el pobre muchacho lucía unas grandes ojeras por las duras noches pasadas al lado de su enferma madre.
-Hortensio, debes irte de este pueblo. He hablado con el hijo de Don Manuel, el que tiene una imprenta en la ciudad. Te dará trabajo de escribiente.
-No puedo dejar a mi madre.
-Tu madre no estará sola. Yo me encargaré de que esté atendida.
-No puedo.
-Pero debes irte aunque no puedas. El aire de este pueblo te envenena. Y te matará de pena como a tu madre.

Hortensio empezó a preparar la partida. Por consejo del médico, no le dijo nada a su madre. De todas formas ella ya estaba ausente y no le habría entendido.
El mismo día de la marcha, Arístides Timonel le entregó un paquete. Era la emisora que durante tantos años le había conectado con el mundo.
-Hijo, sabes como funciona.
Hortensio sonrío lleno de agradecimiento, y sin poder controlar sus palabras dijo:
-Eres mi padre, mi único padre.
-Desde el mismo día que naciste fuiste mi hijo.
Y Hortensio marchó a la ciudad, y la primera vez que dio su nombre, cambió su segundo apellido por el de Timonel.
Trabajó mucho y bien en la imprenta, y en cuanto encontró su rinconcito en el sótano, conectó la emisora para poder oír los deseos de las personas y notar el ajetreo de las hadas para cumplir con esos sueños humanos.

Y el resto, ya es historia.


Hagan click aquí: De aburrimiento y de huevos

5 comentarios:

. dijo...

Sra. Evita;

Yo me acerco a su blog, lo miro desde la acera de enfrente, huelo las chocolatinas y siempre siempre me pregunto dónde cabe tanta gente y me pregunto cómo pueden ser todas esas personas tan pequeñitas como para meterlas en un blog. A no ser que sea Usted, y no Gabriela, la reina de las hadas.

Breiko. Joder, qué lejos queda eso. Yo tenía un amigo con bigote que era muy aficionado a la radioafición. Ahora es taxista, lo que es imposible que enlace de ninguna manera con nada de lo anterior. Si por lo menos se hubiera metido a ferretero.

Vale. Diré hum. Sólo para que no me entienda.

Hum.

Perfectos Saludos.

Anónimo dijo...

Effie... ¿transmutando?

La historia es bellamente triste. Como creo en la magia y en la posibilidad del cambio, creo que el final, sea cual sea, puede ser bellamente luminoso...

Besos

Akroon dijo...

Las bellas almas tienen bellas historias, salpicadas de todo lo que tiene la vida (que es como una de esas salsas de mil ingredientes y que mezclan todos los sabores que existen y los que no existen...).

Hortensio es un alma bella, y su historia, pues, lo es también. Y está fantásticamente contada, sin lugar a dudas.

No sé por qué, me he imaginado a Hortensio y a Arístides como dos personajes de la tienda de 'todo' del pueblo que hay al lado del que era mi lugar de veraneo infantil y juvenil... chica, le pegaba el escenario a más no poder!

Disfruté con la tercera entrega... y para serte sincera, me quedó esa sensación de penita de que termine algo que te estaba gustando...

Petonetssssssssssssss!

JOHNNY INGLE dijo...

Mi padrino, en su juventud, también tenía su Second Life en una emisora. No se conformaba con la de casa, instaló otra en el coche, para ir chateando a la par que conducía, qué cosas.

Luego se casó, la esposa y las hijas se le volvieron vacas y él retornó con la madre.

Ahora su Second Life consiste en fabricar guitarras y todo tipo de instrumentos aptos para la parranda canaria.

Lo hace en el garaje donde el papá (que murió joven de infarto) regentaba una tienda de venta de todo.

¿Has probado a entrar en Second Life?

Anónimo dijo...

Menos mal q me arreglas un poco al pobre hortensio, lo d ser radioaficionado d hadas me parece una gran idea para el

Un besazo