
Eduardo dijo:
[…]Le robaré fotos de los tobillos, de sus pies enfundados en zapatos de tacón, de sus hombros desnudos, de su cintura.
Cuando todos estén coreando alguna canción que el Sr. Imbécil esté tocando hábilmente en el piano y Usted vaya a buscar algo de beber, le ofreceré una copa de champán cerca de la cabina de los pilotos, que estará vacía mientras está puesto el automático.
Cuando se acerque, la agarraré y la colaré dentro de la cabina. Cerraré por dentro, le quitaré los zapatos y....
Y si quiere saber más, véngase a la cabina.
¡Ajá!
Como todos Ustedes saben, mi curiosidad no tiene límites. Estoy convencida que el hecho de vivir en un piso pequeño tiene mucho que ver: ya me veo limitada en mi espacio físico como para ponerle coto a mi imaginación. No queridos, eso sería como ponerle compuertas al mar, y al mar más vale dejarlo tranquilito. Eso me recuerda algo que me ocurrió en la mismita orilla del Mediterráneo hace unos años. Cuando me disponía a meter mis bonitos pies en el agua, luciendo un biquini rojo que, a decir verdad, me hacía ser la mujer más espectacularmente bella de la playa, vi a un niñito rubio y monísimo lleno de hoyuelos que miraba embobado a lo lejos. Se giró hacia mi, y mirándome con sus grandes ojos, me soltó un aflautado es enorme. Me dieron ganas de escupirle en la cabeza pensando que hablaba de mi culo, pero no, hablaba del mar, así que le sonreí y seguí luciendo palmito.
Como decía, mi curiosidad no tiene límites, y ya no podía aguantar más tiempo sin saber lo que ocurriría al traspasar el umbral de (tachán-tachán) la cabina.
Ante todo debo decir que el Sr. Eduardo es un caballero, pero que muy caballero.
Cuando me acerqué a la cabina, lo primero que hizo fue ofrecerme una copa de cava (el que va per davant, va per davant) por qué una ya estaba un tanto acalorada de la fiesta del avión en la que todos Ustedes (¿recuerdan?) estaban presentes.
Bien. El cava. El cava a mi me gusta fresquito, así que el Sr. Eduardo dispuso dentro de un orinal (digo yo que era lo que más tenía a mano) gran cantidad de hielo y agua para satisfacerme en mis exigencias del paladar. Pero claro, a mi no me hizo demasiada gracia el recipiente, y él viendo que yo arrugaba graciosamente mi pecosa nariz, me aseguró que era un orinal que estaba por estrenar, que
Que estampa.
Imaginen la situación: él sujetándose la cara y yo intentando meterle la cabeza dentro del orinal con hielo.
Ni un mal beso pudimos darnos.
O tal vez el Sr. Eduardo y yo cenamos juntos el viernes por la noche, nos tomamos un par de copas, me enseñó a bailar tango y me recitó un par de hermosas coplas de Don Rafael de León.
¿Qué creen Ustedes?