
El bar que frecuento es el bar del Imbécil. El Imbécil es un tipo interesante, de esos que tienen siempre algo que contar. No importa que sea cierto o no, lo que importa es como él lo cuenta. No hace mucho me relató, y con todo lujo de detalles, como degolló a un león en mitad de la selva con un cortauñas, como se echó una meadita en la puerta del Taj Mahal y en que momento pensaba retirarse de su negocio de bicicletas para dar conferencias a lo largo y ancho del mundo. Le gusta vestir con smoking blanco, bebe Cardhú como un poseso y entorna los ojos cada vez que oye mi melosa voz a lo lejos.
A veces me dice que mi copa está medio vacía, pero tal vez sea que espero a que me la llene (sonrío).
Hace dos noches me contó una historia extraña. Increíble. Pero como me la contaba él, no podía ser menos que maravillosa. La historia versaba sobre una caja, la caja de la discordia.
Dicen que el futuro se puede cambiar, que no siempre está escrito, que si accionas determinados resortes, lo previsto se convierte en imprevisto y por lo tanto en todo un misterio nada futurible.
Cuenta el Imbécil que una mujer especial compró un objeto especial para hacer un regalo especial. Este objeto era especial por qué quien lo creó era especial y quien lo deseaba era más especial aún, así que ella viajó en busca de ello navegando tempestuosos mares y atravesando heladas montañas hasta que lo encontró. Cuando por fin lo tuvo en sus manos, el brillo de sus ojos cambió. Nadie sabía muy bien lo que ocurría, pero ella, que como ya he dicho era especial, al tocar el preciado regalo supo que toda la buena intencionalidad había terminado. Los buenos modos y los deliciosos fonemas habían pasado de largo, y solo podía ver imágenes de desgracia y desgarro al sentir la vibración de las palabras encerradas entre las formas de aquello que empezaba a torturarla.
Fue entonces cuando supo que una parte de él moriría, y tan gran desesperación le produciría esa parte fenecida, que acabaría muriendo en su totalidad.
Aquí el Imbécil paró, bebió un trago de Cardhú, prendió un cigarrillo y apartó un mechón de pelo de mi cara.
Entre visiones borrosas y sudores fríos, la mujer vio al hombre especial recibir un paquete con ilusión. Ante la imposibilidad de deshacer el nudo del bramante que sujetaba el envoltorio, cogió unas tijeras con poca delicadeza, cayendo estas abiertas sobre su pene cercenándolo limpiamente. El hombre se quedó muy quieto, pálido, y no reaccionó hasta darse cuenta de que su preciado pene ya no estaba unido al cuerpo. Ni siquiera estaba en la vivienda: había salido disparado por la ventana. Una joven muy cándida y hermosa vio el apéndice tirado en el suelo, que hacioéndole mucha gracia, recogió con sumo cuidado, y preservándolo en un frasco de formol, lo llevó al museo de Onda para ser expuesto.
Mientras tanto, el hombre especial, al no encontrar su cosita por ninguna parte, se pegó con Loctite al pubis un pene de silicona para poder canalizar la orina de alguna forma y no manchar sus pantalones. Vagó solo por el mundo, cabizbajo, triste, arrepentido y dolorido ante la pérdida. Pero un día llegó al museo de Onda, y al ver su pene expuesto entre la gallina disecada de cuatro patas y el cerdo de dos cabezas, sintió que todo había perdido sentido, abandonándose a si mismo en un cómodo estado de catatonia que le evitaba pensar en su pene, en su regalo especial, en las miles de mujeres que no pudo tocar y en la mujer, en la única mujer, que fue capaz de recorrer el mundo por contentarlo a él.
La mujer especial salió del trance y se sentó. Pasó muchas horas reflexionando, intentando decidir que hacer. Al cabo de unas horas se levantó, se lavó la cara. Se peinó.
Preparó el paquete y escupió dentro.
Quizá así no perdiese el pene y se ahogase al comer una galleta.